Para que los zombies te lean...

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Para que los zombies te lean...

Mensaje  Akhu el Mar Jun 02, 2009 9:55 pm

Este es un texto muy divertido escrito por Sergio Parra para Papel en blanco, espero que les guste Cool


Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean

Para algunos, el acto de escribir es algo así como poner el piloto automático y dejar manchas de tinta en el papel, cual impresora matricial. Para redactar prospectos de medicamentos o instrucciones de neveras alemanas lo veo estupendo. Sin embargo, cuando nuestro objetivo no es sólo comunicar sino suscitar determinadas emociones y pensamientos en el lector, la escritura automática debería ser anatema.

Si uno no es capaz de poner sus tripas sobre la mesa, mojar la pluma en ellas y escribir con su propia sangre, entonces mejor que lo deje. A veces hay que curtir el vozarrón bebiendo ginebra a morro, no queda otra. Pero si uno prefiere seguir adelante como una princesa inmaculada, que luego no proteste si un crítico sabelotodo le dice que su libro parece haber sido escrito con formol o que se venderá mucho entre las almas ibéricas que persiguen lo inteligible, lo maniqueo y lo facilón.

Si lo que se busca es que a uno le lea mucha gente de diferentes estratos sociales y con distintos niveles culturales, el padre, el hijo y el Espíritu Santo, si uno busca figurar entre los más vendidos, entonces que se olvide de tripas y fuerzas incontrolables surgidas de sus entrañas. Que siga las reglas, los cánones, lo políticamente correcto y, en todo momento, que siempre se la coja con papel de fumar. Como un buen político.

O que siga el ejemplo de Pocholo, que sólo haciendo el aeroplano y buscando incasablemente su mochila perdida triunfa entre mayores y pequeños. Es la única forma de que la mayoría, esa masa estólida llamada humanidad, apoquine.

Si el autor tiene clarinete qué es lo que quiere alcanzar, entonces no hay problema, no tengo nada que objetar. El problema surge cuando el autor busca una u otra cosa inconscientemente, sin haberse sentado primero a decidirlo; o cuando sinceramente lo ha decidido pero, luego, no le apetece que los demás le adviertan que es un autor de masas o un pedante sólo para elitistas, descubriéndole los naipes o encasillándolo.

Ésta última clase de autor no es el más detestable: el que no se entera de lo que hace lo es, el que no sabe que es Pocholo y encima se ríe de Pocholo. Después de todo, la clase de autor que decide vender y ser famoso sin más es sólo un tramposo o un ilusionista: hace creer que escribe algo especial o diferente, liberado de corsés estilísticos y hasta crematísticos, pero en el fondo todo lo hace por la pasta.

No tengo nada en contra de los tramposos y los ladrones de guante blanco. Incluso los puedo llegar a admirar y hasta a envidiar en determinadas circunstancias. Pero ello no quita que intentemos una y otra vez descubrirles el truco. Policía contra ladrones y todo eso de la vida misma.

Aún recuerdo en este sentido las declaraciones de Carlos Ruiz Zafón a propósito de las críticas negativas que habían caído a plomo sobre su obra, tachándola de producto liofilizado para mentes poco exigentes; ergo, la Mayoría. Zafón adujo que ser leído por una mayoría de gente no implica tener menos calidad o menos rigor o menos espíritu literario, que siguiendo por esa línea de razonamiento entonces los periódicos más leídos también serían los de más baja calidad.

Zafón debe de ganar pasta por un tubo, y yo le envidio por ello. Pero precisamente si uno puede embolsarse tanto dinero, ¿no podría salir en los medios ciscándose en todo en vez de intentar defender lo indefendible? O peor aún: ¿acaso Zafón cree sinceramente en lo que dice y ha sido el dinero lo que le impide regir con una mínima coherencia?

Si Zafón no nos está tomando por gilipollas y se cree lo que dice, entonces no debe de estar al tanto de que los periódicos más leídos son precisamente esos pseudoperiódicos superficiales, peores que una hoja parroquial, que regalan en el metro o en la calle y que uno puede leer en 15 minutos porque apenas hincan el diente a nada y se basan en una sucesión de sensacionalismos y juegos malabares de parvulario. Estos periódicos son fenomenales, pero no los lee más gente porque sean más interesantes, sino porque precisamente no dan tanto por saco a nuestros cerebros reblandecidos por la molicie y la rutina laboral.

Escribir algo digerible por la mayoría no está mal. Pero siempre recuerda que lo estás haciendo para la mayoría, que no se te vaya la olla en este punto. Y, sobre todo, intenta tener las espaldas anchas para que algunos, con razón, te digan que sólo escribes papilla digerible para estómagos infantiles. Si esto queda claro y asumido por ti, pues adelante, que ancha es Castilla. Tú allí y yo aquí, que se dice.

Pero si no es así, escritorzuelo, tienes un problema.

En el mundo cinematográfico el asunto quizás se perciba con mayor claridad. Una peli cara requiere de una buena taquilla para recuperar el dinero invertido. Ello provoca un curioso fenómeno: cuantos más efectos especiales tenga una peli, más idiota y plana será. Por eso la ciencia ficción y la fantasía, a grandes rasgos, está quizá tan desprestigiada en el mundo cinematográfico. Por eso películas que se pretenden “filosóficas y profundas” como Dark Knight o Watchmen queden como digests o versiones sin mordiente de obras que fuera de la ciencia ficción y la fantasía ya han ido muchísimo más lejos, en todos los sentidos. (Como es cuestión de dinero, hay obras literarias de ciencia ficción que sí profundizan más que muchas obras generalistas, porque están dirigidas a minorías y la inversión económicas para sacarlas al mercado es mínima: Ciudad permutación sería un buen ejemplo, porque a ver quién es el listo que la lee sin haberse empollado antes unos cuantos años informática avanzada).

Por ejemplo, la trilogía cinematográfica de Matrix le puede parecer una obra maestra a mucha gente, pero no fue precisamente rentable si la comparamos con cualquier otra producción de éxito dirigida a todos los públicos. Del estamento oscuro y mefistofélico que regula qué puede ver un menor y qué no depende en gran parte el éxito de un filme. Ahora podemos ver cómo los creadores de Matrix han decidido decantarse por un producto insustancial como Speed Racer, con mayores visos de alcanzar al público mayoritario gracias a su calificación moral (aunque finalmente les haya salido el tiro por la culata). Steven Spielberg ha tenido que mover hilos para que su próxima entrega de Indiana Jones recibiera un PG-13 (algún material puede ser inapropiado para niños menores de 13 años), de lo contrario difícilmente habría subsistido en taquilla. La nueva trilogía que se prepara sobre la franquicia de Terminator se está dulcificando también para desprenderse de su antigua calificación R, y así, tras escudarse en una violencia poco realista, en unos desnudos que no impliquen sexo y en unas palabrotas de bajo nivel del tipo “leches” o “cachis en la mar”, obtendrán el ansiado PG-13 del comité censor y, por ende, unos resultados más boyantes en taquilla.

La censura del siglo XXI es lo políticamente correcto, una evolución del código Hays estadounidense que ahora infantiliza toda película que quiere recuperar el dinero invertido. Por eso la mayoría de las películas de grandes efectos sólo sirven para disfrutar de los grandes efectos en una sala con sonido THX. No hay color entre una película con mucho CGI y una película con mucha Neurona.

Tampoco lo hay entre un libro que aparece en el Top 10 y otro que pasa desapercibido. Puede que el bestseller sea realmente interesante en sus postulados. Pero lo más habitual es que no se trate más que una reformulación de lugares comunes triturados y procesados como el fast food. Y me fastidia tomar esta postura.

Primero porque no quiero ser más papista que el Papa; segundo porque aquí, en el meollo literario, cada perro se lame su cipote; y tercero porque si una cosa no soy es esnob artístico: consumo basura tan alegremente como consumo arte con mayúsculas: para mí no hay distinciones cualitativas. Si acaso soy elitista en otros terrenos, quizá en el epistemológico, en el científico, en el cultural: sí que hay ensayos malos e inanes o ensayos realemente intachables. Pero en cuanto a obras de ficción, pues oye, la cosa no está tan clara porque la obra artística no tiene como objetivo único el alimentar intelectualmente; hay muchos otras metas subsidiarias y efectos colaterales difíciles de localizar. El arte no se pesa, ergo, como digo, no soy de los que clasifican los libros como buenos o malos, sino como “me gustan” y “no me gustan”.

Y también estoy legitimado para calificar los libros entre sosos y ácidos, entre epidérmicos y viscerales, entre lineales como el electroencefalograma de un muerto y llenos de picos y depresiones como el activísimo corazón de un taquicárdico. Y los bestsellers, es una obviedad económica y social, suelen adscribirse al primer grupo. Al grupo de los que se la cogen con papel de fumar, babean, aplauden y consumen demagogia baja en calorías.

Así que si te gusta consumir o producir cosas como Crepúsculo, La sombra del viento o los textos de Pablo Cohelo, no passsa nada, colegui, que a mí también me gusta (incluso disfruté en algunos momentos La sombra del viento, de Zafón, a pesar de ser una manida chorradilla). Pero sé consciente de que te gustan los potitos para bebé. Y sé también consciente de que si sólo comes potitos para bebé y crees que son la quintaesencia del gusto, es que tu paladar todavía no ha sido acostumbrado a delicatessen que a priori parecen saber mal, como el Whisky, el queso roquefort o la mojama.

Si todavía te saben mal esos sabores, si aún te saben a colonia, a pies o a cuero curtido, es porque aún tienes el elemental sabor infantil de los que sólo aprecian las golosinas, los macarrones con tomate y las palomitas del cine. Del cine donde echan Speed Racer y las chonis flipan colorines con su móvil Real al 4483.


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